Un colchón de hotel se elige por las noches que tiene que aguantar, no por cómo se nota en una exposición. De ahí los muelles ensacados bajo un topper recambiable: lo que se gasta es el topper y lo que se paga son los muelles. Llegan enrollados al vacío, así que en un palé cabe una planta entera.
El topper se lleva el desgaste y las manchas, y cambiarlo cuesta una fracción de lo que cuesta el colchón. El personal de pisos lo sustituye en minutos, mientras que cambiar un colchón deja la habitación fuera de servicio.
Enrollados al vacío y en caja. Así se renueva planta por planta: en un ascensor entra un palé de rollos donde no entraría una carga de colchones. Necesitan uno o dos días para recuperar todo el grosor antes de que duerma un cliente encima.
La firmeza media es la que decepciona a menos gente, y ese es el objetivo real en una habitación que no se puede ajustar al cliente. Si una planta admite mezcla, unas pocas habitaciones con un colchón más firme cubren a los que lo piden en recepción.